Todo comenzó con un: “Hola... ¿Me puedes ayudar con mi tarea? No entiendo mucho de economía y los números nunca han sido mis mejores amigos”.
Años después allí estaba él, sentado en ese montículo de arena, que no medía más que el diámetro de una sandía en descomposición, pero en la noche oscura y pobre, con nubes sigilosas que surcan las antenas y cortan el espacio como papel entre los dedos, hasta una tapa de botella de cerveza igualaba la masa del sol en un mediodía árabe. La tierra se sentía grande y exagerada. El mundo se sentía inabarcable e innecesario. En una mano ceñía un cigarrillo barato y desagradable. Creo que era el último chino que quedaba en su bolsillo, y a pesar de las ganas que urgía por fumarlo, prefería observar como se consumía paulatinamente en el fulgor de esa pequeña llamarada existencial. Bebía pequeños sorbos de esa cerveza extranjera y costosa que ella le había regalado para su cumpleaños y que había guardado para una ocasión especial, un cliché aburrido y patético, pero dentro de ese cuerpo corroído por el encanto de los vicios y la noche, se consideraba un hombre patético y herido. Patéticamente herido. Inmóvil y cadavérico, miraba los cordones de sus zapatos y el tiempo parecía detenerse junto con su fantasmagórico rostro. Todo paraba de fluir, como si Dios hubiese pedido permiso para estornudar. Los zancudos del riachuelo dejaban su hiperactivo vuelo. Las rocas dejaban de sonar, porque el agua ya no golpeaba su superficie. Las estrellas dejaron de titilar, y las que lo hacían, se escondieron tras una nube púrpura y oscura, como el vino derramado en su camisa. El aire se escondió del sonido de los árboles presintiendo un cisma moral, como quien mediante el calor de una noche predice la lluvia de la madrugada. Fue allí cuando recordó una frase de su escritor predilecto, un americano alcohólico y borrado, que en momentos como ese, de seguro habrían compartido una copa y una risa con sabor a misantropía. Se repitió varias veces en su mente, como si quisiera convencerse de una verdad imposible de hacer carne: “Hay peores cosas que estar solo”. Refunfuñaba y masticaba el recuerdo como tabaco amargo y espeso. Esa noche, 30 minutos antes, su vida se presentó como un 'no' amargo y espeso. Fue allí cuando el cigarrillo, a punto de consumirse, lo quemó entre los dedos índice y medio. Un pequeño pero intenso dolor como la picadura de una abeja. Fue allí cuando sonrió. Fue allí cuando quebró el status quo de la mañana. Irrumpió como un rayo una larga carcajada, iluminando todo a su alrededor, desde fecas de perro en el pasto, hasta nidos de aves en el entretecho de los edificios. Nunca antes había visto con tanta claridad la noche; se sentía como el almirante de un barco que en la viscosidad de la niebla, ve el gigante y centelleante foco de un faro que le indica la llegada a puerto. Ni con 20 soles podría haber visto lo que vio en ese instante ínfimo y luminoso, minúsculo y sobrecogedor, fugaz y eterno. Estaba sin empleo, sin ocupación, sin lugar de residencia, y sin pareja. El mundo en ese momento, lo dejó de lado. Comprender que el mundo se le escapaba de las manos, fue la señal perfecta, para saber que tenia al mundo tomando de los huevos y que podría hacer a su antojo lo que él deseara de su vida. “Nada tengo para dar, nada tengo para ofrecer. Por tanto, nada tengo que perder” se dijo casi silogísticamente, levantándose de un golpe del piso. Sólo faltaba una cosa por hacer: hacer cosas, movilizar la voluntad en la maquinaria del diario actuar. Bastó la magia del dolor y la autodestrucción en una fracción de segundo para despertar del profundo sueño que la sociedad le había inducido.
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Fechado el 30/08/2012 a las 6.35 de la mañana.
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