martes, 12 de noviembre de 2013

Onomatopeya


"House of Cards" - In Rainbows - Radiohead


I don't wanna be your friend
I just wanna be your lover
No matter how it ends
No matter how it starts

Forget about your house of cards
And I'll do mine
Forget about your house of cards
And I'll do mine

And fall off the table, get swept under
Denial, denial

The infrastructure will collapse
Voltage spikes
Throw your keys in the bowl
Kiss your husband goodnight

Forget about your house of cards
And I'll do mine
Forget about your house of cards
And I'll do mine

Fall off the table, get swept under
Denial, denial
Denial, denial

Your ears should be burning
Denial, denial
Your ears should be burning

Criminal Atenea, tolueno astral.

Perspicaz lechuza sigilosa.
Suave piel de verbos conjugados enmarañados
en curvo mantel de juventud y vida.
Busqué en la rosa del demiurgo,
(transité con Nix y Hemera)
por tu sofía de mujer y carne
deseando tu boca de nacimiento y hechicera.

Casi pierdo la ruta entre frenéticos acantilados
y escarpados montes venusianos,
engañado por arcanos y mitológicos maleficios
que cubren la Tierra desde tiempos inhumanos,
y como maestras de marionetas, sucumbimos
ante largas piernas y delgados hilos de seda.

Durante meses, cubrí con universos infinitos la llamarada
para terminar despertando ahogado y sin oxígeno
en el incendio más largo en la historia de la galaxia.
No sé a quién trato de engañar
con este vomito verbal que fluye después
de un trago de tu amargo licor sexual.

Escupí al cielo, y Dios orinó en mi,
con fuerza bruta y vehemencia
por sentirme dueño de la vida y la naturaleza.
Apágate, buen hombre, dijo el cantinero
y entrega ese noble candor de fenix oriental.
Porque no eres ni Garuda ni Roc.
                           (Mejor aún)
Eres un simple humano aguardado en su femenino temor.
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Redactado el 04/11/2013, en Valparaíso.
No finalizado. Creo...

domingo, 3 de noviembre de 2013

Linterna de Salud

"quiero que seas sano. quiero que proyecte la luz del buen cuidado. quiero sentir también todos los ritmos destructivos de tu cuerpo. quiero que tu tos se desintegre en sexo. quiero que me folles y me folles con la misma insistencia que te folla a ti tu tos. quiero traducir tu catarro en una risa y la risa en un gas y el gas en un chorro. quiero que lo repelas en el ozono. cataclismo montañas peligrosas. escala las rutas aéreas de los andes. quiero que te tumbes con la cara contra el suelo. que comas polvo y hagas el amor y nunca vuelvas a toser, para que podamos disfrutar de todas las regiones y cimas y recoger los restos de todo aquello que inflama en el saco de la mandíbula"
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Linterna de Salud, poema de Patti Smith en "Babel", trad. de Antonio Escohotado, editorial Anagrama, Barcelona, 2004, pag. 152

Satori

Todo comenzó con un: “Hola... ¿Me puedes ayudar con mi tarea? No entiendo mucho de economía y los números nunca han sido mis mejores amigos”.
Años después allí estaba él, sentado en ese montículo de arena, que no medía más que el diámetro de una sandía en descomposición, pero en la noche oscura y pobre, con nubes sigilosas que surcan las antenas y cortan el espacio como papel entre los dedos, hasta una tapa de botella de cerveza igualaba la masa del sol en un mediodía árabe. La tierra se sentía grande y exagerada. El mundo se sentía inabarcable e innecesario. En una mano ceñía un cigarrillo barato y desagradable. Creo que era el último chino que quedaba en su bolsillo, y a pesar de las ganas que urgía por fumarlo, prefería observar como se consumía paulatinamente en el fulgor de esa pequeña llamarada existencial. Bebía pequeños sorbos de esa cerveza extranjera y costosa que ella le había regalado para su cumpleaños y que había guardado para una ocasión especial, un cliché aburrido y patético, pero dentro de ese cuerpo corroído por el encanto de los vicios y la noche, se consideraba un hombre patético y herido. Patéticamente herido. Inmóvil y cadavérico, miraba los cordones de sus zapatos y el tiempo parecía detenerse junto con su fantasmagórico rostro. Todo paraba de fluir, como si Dios hubiese pedido permiso para estornudar. Los zancudos del riachuelo dejaban su hiperactivo vuelo. Las rocas dejaban de sonar, porque el agua ya no golpeaba su superficie. Las estrellas dejaron de titilar, y las que lo hacían, se escondieron tras una nube púrpura y oscura, como el vino derramado en su camisa. El aire se escondió del sonido de los árboles presintiendo un cisma moral, como quien mediante el calor de una noche predice la lluvia de la madrugada. Fue allí cuando recordó una frase de su escritor predilecto, un americano alcohólico y borrado, que en momentos como ese, de seguro habrían compartido una copa y una risa con sabor a misantropía. Se repitió varias veces en su mente, como si quisiera convencerse de una verdad imposible de hacer carne: “Hay peores cosas que estar solo”. Refunfuñaba y masticaba el recuerdo como tabaco amargo y espeso. Esa noche, 30 minutos antes, su vida se presentó como un 'no' amargo y espeso. Fue allí cuando el cigarrillo, a punto de consumirse, lo quemó entre los dedos índice y medio. Un pequeño pero intenso dolor como la picadura de una abeja. Fue allí cuando sonrió. Fue allí cuando quebró el status quo de la mañana. Irrumpió como un rayo una larga carcajada, iluminando todo a su alrededor, desde fecas de perro en el pasto, hasta nidos de aves en el entretecho de los edificios. Nunca antes había visto con tanta claridad la noche; se sentía como el almirante de un barco que en la viscosidad de la niebla, ve el gigante y centelleante foco de un faro que le indica la llegada a puerto. Ni con 20 soles podría haber visto lo que vio en ese instante ínfimo y luminoso, minúsculo y sobrecogedor, fugaz y eterno. Estaba sin empleo, sin ocupación, sin lugar de residencia, y sin pareja. El mundo en ese momento, lo dejó de lado. Comprender que el mundo se le escapaba de las manos, fue la señal perfecta, para saber que tenia al mundo tomando de los huevos y que podría hacer a su antojo lo que él deseara de su vida. “Nada tengo para dar, nada tengo para ofrecer. Por tanto, nada tengo que perder” se dijo casi silogísticamente, levantándose de un golpe del piso. Sólo faltaba una cosa por hacer: hacer cosas, movilizar la voluntad en la maquinaria del diario actuar. Bastó la magia del dolor y la autodestrucción en una fracción de segundo para despertar del profundo sueño que la sociedad le había inducido.
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Fechado el 30/08/2012 a las 6.35 de la mañana.

Schweigen

"De lo que no se puede hablar, hay que callar".
Pero ni Derrida, ni Wittgenstein, ni Thoreau, ni Kerouac, ni Gonzalo Rojas o Vicente Huidobro, mucho menos el atlético de Murakami, el estoico de Tolstoy o el ebrio de Hemingway podrán callarme. Ni la lírica de Spinetta, el folk de Dylan, el rock suave de Deftones o la sublimidad de Chopin me callarán. Ni disputar un partido de fútbol, ni subir veinte cerros, ni escalar treinta Aconcaguas, ni ver cien películas, ni acampar en todos los bosques del mundo ni jugar cuarenta horas de videojuegos en mi pieza callarán mi dolor. Un dolor interno, propio, privado y excluyente, pero que brota en cada gota de sudor cuando salgo a trotar. Basta, basta, basta... basta! Basta de sufrir en silencio. Basta de, como dice Calamaro, ser un socio de la soledad. Porque a mi mismo, no me basto, y necesito bastar a alguien más. Hartarlo de mi. Saciarlo de yo. Generar intersubjetividad. Apreciar lo más hermoso de esta existencia: el Otro. En la diferencia -différance- está la complacencia.
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(Hecho hoy). "No es suficiente". Está bien. Soy lo que soy. No puedo ser más o menos de lo que soy ahora. Quizá en otra vida podría mentirme a mi mismo y a ti, y ser otro que no soy para complacer(nos). Pero como dice Sartre, no me gusta actuar de mala fe.